Jesuitas

Colegio Apóstol Santiago de Monterrei, primero de Galicia de la Compañía de Jesús (I)

Faltaban escasos cuatro meses para que San Ignacio de Loyola dejara este mundo. La Compañía de Jesús ya era una orden religiosa perfectamente constituida y asentada en la Iglesia Católica y los jesuitas estaban lanzados a la evangelización de las gentes de su tiempo por multitud de vías y también, por supuesto, a la educación de la juventud. La Compañía había apostado por un nuevo centro educativo en Galicia y en ello estaban, con muchas energías y pocas gentes, al menos en sus momentos iniciales. Veamos a este respecto unas pequeñas muestras extractadas de la magna obra del P. Evaristo Rivera, rector y gran historiador de la Compañía.

El 24 de marzo de 1556, dos jesuitas -un sacerdote y un hermano escolar- atravesaban con paso cansino la villa orensana de Verín. Venían a pie desde Valladolid. La gente se les quedaba mirando con curiosidad. Ellos estaban contentos porque «habían llegado la víspera de Nuestra Señora de marzo a quien tomamos por ayuda de todas nuestras cosas».

Atravesaron el puente sobre el río y acometieron la áspera calzada de piedra, muy vetusta, que serpenteaba caprichosamente monte arriba. Al terminar, quedaron sin fuerza alguna de las pocas que traían. Pero estaban al fin en su destino: el castillo de Monterrei. Lo habían divisado por el camino, mucho antes de llegar, imponente sobre un atractivo otero. Cruzaron la muralla y se dirigieron al palacio del conde, que les recibió y obsequió espléndidamente como a hijos de una prolongada gestación.

Se trataba de Juan de Valderrábano y de Juan González. El primero de ellos, el más veterano, ya había estado antes por Galicia en su época de estudiante en la Compañía (“escolar”) y en esta ocasión llegaba para ser Rector de Monterrei. Posteriormente, sería Provincial de la Provincia jesuítica de Toledo y Superior en variadas casas de la Compañía de Jesús. El acompañante era estudiante de Teología; llegaría a ser el primer jesuita muerto en Monterrei.

Pero el trabajo acuciaba y su celo profesional y apostólico les lanzó ya desde el primer día a desarrollar la labor. El P. Juan contactó con los párrocos de la zona, mientras que el H. González se desplazó a todos los pueblos de la vecindad anunciando que, a mediados de abril, comenzarían unas clases gratuitas de Gramática junto al Palacio del Conde. Éxito increíble. Pudieron más la novedad y la curiosidad que la desconfianza hacia un extraño. Los 53 alumnos que se reunieron ese curso encendieron la antorcha de nuestro Colegio Apóstol Santiago.

La zona donde se encontraba el colegio es la colina de Monterrei. En ella, además de los jesuitas, se encontraban trabajando otras dos órdenes religiosas. Nos lo detalla el P. Evaristo Rivera:

Y lo más inaudito es que existían dos conventos de abolengo: el de franciscanos databa del siglo XIV y el de mercedarios del XV. Viendo este panorama, los jesuitas tuvieron que dudar mucho de si habían venido a fundar en el sitio más indicado. Pero, ya las cosas en marcha, se entenderían bien con los franciscanos porque en general navegaban por órbitas distintas.

Con los mercedarios (mucho menos numerosos que los franciscanos) la relación fue breve, puesto que bajaron a Verín a fines del siglo XVI. Es posible que en su casa residiese y planease su obra «La gallega María Hernández» Tirso de Molina.

Vistas las circunstancias, acaso podrían pensar nuestros compañeros que aquella situación era demasiado pollo para tan poco arroz, pero seguro que lo pensaron mejor y, como las cosas les habían salido bastante bien, continuaron sin dudar lo que habían comenzado y que les había sido ordenado. Y así fue. Franciscanos, Mercedarios, Jesuitas y gentes humildes de buen espíritu y con ganas de aprender. Y abrazando a todos ellos se encontraba el río Támega, que procedente de la preciosa sierra de San Mamed, y antes de adentrarse en Portugal, era desde toda la vida una arteria fecunda de tierras y de aldeas.