Jesuitas

Colegio Apóstol Santiago de Monterrei, primero de Galicia de la Compañía de Jesús (II)

Así, el río Támega, habría de aportar parte de su fecunda energía a nuestro todavía en ciernes Colegio de Monterrei. Por otro lado, pocos colegios tenía la Compañía en aquellos tiempos, por lo que la Orden deseaba poner en funcionamiento los que buenamente pudiera y, además, hacerlo cuanto antes.

Pero nuestro primer colegio en Galicia adolecía conjuntamente de varios problemas de difícil solución.

En primer lugar, el lugar no parecía ser el más acertado. No estaba cerca de ninguna de las capitales de provincia ni de las grandes urbes. Santiago, por ejemplo, quedaba muy lejos y, por si fuera poco, los núcleos de población cercana eran más aldeas que otra cosa. ¿Qué hacer? La idea apareció en forma de una denominación adecuada, que llamara la atención y que impactara con sólo leerla. Nos lo cuenta el P. Valderrábano:

Desde el primer momento el Colegio tuvo su nombre por voluntad del conde don Alonso, que ha de ser Santiago el Mayor, patrón de España.

La denominación era coherente, supuestas las vinculaciones del fundador con Compostela: allí había nacido, allí tenía una antigua casa, era sobrino muy querido del ilustre arzobispo Fonseca III, fue patrono de la Universidad y pertiguero de la catedral. Por todo ello, la capilla universitaria acogió sus restos mortales en 1559.

Los nuevos contratos entre los condes y la Compañía suscritos en 1572 y 1574, decían que «el colegio de la dicha Compañía de Jesús se llame de la invocación de Santiago el Zebedeo y se pongan en el edificio de dicho colegio las armas de los condes de Monterrei, señores de este estado, y en las portadas de la iglesia, escuelas y colegio».

En un comentario que hace al respecto el Provincial González Dávila al General Francisco de Borja le pronostica que «el hecho de que el colegio se llame de Santiago Zebedeo es devoción de todos los señores de esta Casa y que en Galicia será muy bien recibida».

El P. Alonso Polanco, secretario de la Orden y sabedor de casi todo, nos proporciona la interesante noticia de que «también tenían a la Virgen como patrona por motivos especiales». ¿Cuáles eran? Según el Rector Valderrábano, se basaban en que habían llegado a Monterrei en la víspera de la Anunciación y en que los fundadores les habían donado, en los comienzos, la ermita de Nuestra Señora de los Remedios, corazón y centro religioso del valle de Monterrei.

Ya a fines del siglo XIX, los jesuitas restaurados establecieron su primer colegio en Galicia, que ahora anda por Vigo. Tuvieron el suficiente sentido histórico de denominarlo de la misma manera que el de Monterrei. Y cuando recientemente se celebró el 450 aniversario de éste, los antiguos alumnos y jesuitas de Vigo invi­taron a los del colegio de A Coruña y de Santiago a celebrar jun­tos la fecha a pie de campo y dejar una lápida conmemorativa. Al fin y a la postre, el de Monterrei había sido el padre de todos los colegios gallegos de la Compañía. Y así se tuvo una magna celebración con las autoridades autonómicas, municipales y religiosas que culminó con una solemne Eucaristía celebrada en la iglesia de Verín, que contiene el gran Cristo que en tiempos perteneciera al Colegio.

Pero hay otro aspecto relevante que conviene destacar: los otros trabajos que desarrollaban los jesuitas del colegio y que, sorprendentemente para muchos, les llevaba un tiempo considerable. Me estoy refiriendo a aquellas otras labores espirituales que podemos denominar “clásicas” entre los miembros de la Compañía. Así, desde un primer momento, los padres del Colegio de Monterrei predicaban, daban catequesis, administraban sacramentos, visitaban enfermos y en ocasiones eran capaces de llevar consuelo a los presos. Y todo ello repartido en un amplio territorio que, llegado el caso, podía extenderse a pueblos y ciudades mucho más alejadas, como Monforte, Sarria, Vigo, Baiona, Tui, Santiago… e incluso en las villas portuguesas más cercanas. Curioso, además, la facilidad con que nuestros predicadores conseguían hacerse entender en una lengua que no era la que usaban, en su gran mayoría, los fieles cristianos a los que se dirigían.

El resultado de semejante actividad se percibía a buen ritmo, porque un domingo de Cuaresma «comulgaron en la iglesia del colegio 900 personas que para este desierto se tiene por mucho». Y resulta curioso el constatar la multitud que llegó a solicitar el sacramento de la confesión. Nos describe este fenómeno el secretario del P. Nadal, en 1561.

Otras gentes llegan de ocho o nueve leguas a confesarse a este colegio. Se hace tal fruto que los padres y hermanos que aquí están, dicen que tienen aquí otra India. Y así en toda la comarca (que es de 30 o más leguas) se ve gran devoción a la Compañía y tienen puestos los ojos en este colegio.

A tanto llegó la fama de los jesuitas de Monterrei que algunos pueblos lejanos, (Allariz, por ejemplo, a siete leguas de distancia, y con 400 vecinos), se preocupaban de informar a sus habitantes de las actividades programadas.

El corregidor, en sabiendo que llega a ella alguno de la Compañía, sin más consultación ni información, hace luego tañer al sermón. Y confiesa deseo de tener allí a la Compañía y lo ha pedido.

Si nos fijamos en la última frase del párrafo precedente, parece que los buenos alaricanos estaban deseosos de que los jesuitas se establecieran también en Allariz. Con toda lógica, la Compañía debió pensar que abrir dos colegios tan juntos suponía un trabajo considerable y de difícil realización. De todos modos, tanto este buen deseo del pueblo de Allariz, como las obras y trabajos de los jesuitas de Monterrei, llegaron a oídos del Padre General, Diego Laínez, que no dudó en responder a un jesuita del colegio que le pedía irse de misionero a la India: No será poca India la que tienen en Galicia.

También en aquellas latitudes aparecía con cierta frecuencia la “peste”, como si fuera nuestro actual COVID 19. Cuando esta arreciaba los jesuitas asistían generosamente a los enfermos, incluso hasta dar la vida, como los tres padres que murieron en Monterrei entre 1573 y 1575 o el padre Tomás Orduña, que sucumbió mientras predicaba una misión en Baiona.

No debemos terminar este capitulito sin hacer constancia de la especial atención pastoral que la Compañía en Monterrei ofreció a los abades de la zona. Oimbra, Vilardevós, Videferre, Medeiros, Berrande, Riós, Santa Baia…; de todas estas aldeas y de muchas otras llegaron “abades y capellanes” a Monterrei para encontrar refugio y solaz en un periodo de tiempo en el que podían hacer Ejercicios Espirituales, charlar con los padres de la Compañía y a ellos abrir su alma si así lo deseaban. En fin, que la labor pastoral del Colegio supuso un componente inesperado y valiosísimo en la tarea apostólica de un amplio territorio, denso en aldeas y gentes buenas.